Una defensa implacable. Un mariscal renacido. Y una ciudad que volvió a soñar.
Los Seattle Seahawks dominaron por completo a los New England Patriots con una victoria contundente de 29-13 en el Super Bowl 60, en un partido donde el rostro de la franquicia no fue una estrella veterana, sino una generación joven, hambrienta y moldeada desde el draft.
Pero más allá del marcador, lo que se vivió fue una revancha emocional. Una década después de aquella dolorosa derrota en el Super Bowl 49 cuando Malcolm Butler le arrebató la gloria a Seattle con una intercepción en la línea de gol, los Seahawks regresaron al escenario más grande y esta vez no dejaron dudas.
Era el final del tercer cuarto. Drake Maye, el joven mariscal de los Patriots, buscaba opciones dentro del bolsillo. Se notaba nervioso. La presión de la defensa de Seattle era incesante. En un intento por escapar, el ala defensiva Derick Hall lo alcanzó, lo golpeó, y el balón quedó suelto. La defensa se abalanzó sobre él. En la banda, el entrenador Mike Macdonald apretaba el puño. Maye, desde el suelo, golpeaba el césped con frustración. Aún no sabía que su noche estaba por oscurecer aún más.
Seattle capturó a Maye seis veces, forzándole tres pérdidas de balón. La defensa joven, veloz y disciplinada lo asfixió sin tregua. “Es una locura. Es una sensación única”, dijo Devon Witherspoon, uno de los protagonistas defensivos, al final del partido.
La ofensiva de Seattle no brilló, pero cumplió. Kenneth Walker III fue un tanque, corriendo para 151 yardas en 29 acarreos. Fue nombrado MVP del partido. El pateador Jason Myers sumó cinco goles de campo, un récord de Super Bowl. Y Sam Darnold, el mariscal de campo que muchos ya habían descartado, jugó con calma y sin errores. Completó 19 de 38 pases para 202 yardas y un touchdown. No necesitaba ser espectacular. Solo constante.
El arquitecto de este Seattle campeón es John Schneider, gerente general del equipo. Fue él quien, tras despedirse del legendario mariscal Russell Wilson, empezó a construir desde los cimientos: seleccionó a piezas clave como Walker, Witherspoon, Jaxon Smith-Njigba y Charles Cross.
Y confió la defensa a Mike Macdonald, un experto llegado desde Baltimore. Su apuesta no solo funcionó, fue dominante: los Seahawks terminaron la temporada permitiendo apenas 17.2 puntos por partido, la mejor marca en toda la NFL.
En los primeros dos cuartos, los Seahawks capturaron a Maye tres veces. New England apenas logró 51 yardas totales y cuatro primeros downs. La ofensiva de Seattle también tuvo dificultades, pero Walker fue la chispa: corrió para 94 yardas en la primera mitad. Al descanso, Seattle lideraba 9-0.
Y aunque la acción en el campo fue densa, el espectáculo del medio tiempo sí encendió al público. El artista Bad Bunny agitó la bandera de Puerto Rico y sostuvo un balón con la frase “Juntos somos América”, en un claro mensaje de unidad, en un país dividido por políticas migratorias y heridas aún abiertas, como los asesinatos de Renee Nicole Good y Alex Pretti, ambos a manos de agentes federales de inmigración.
Después del balón suelto provocado por Hall, Darnold encontró a AJ Barner en la zona de anotación para un touchdown de 16 yardas. 19-0. La ventaja era demasiado para una ofensiva de los Patriots que no lograba respirar.
Maye lanzó un pase de 35 yardas para touchdown a Mack Hollins, pero después vinieron las intercepciones, las capturas, y otro balón suelto. Esta vez recuperado por Uchenna Nwosu, quien lo devolvió 45 yardas para el touchdown final. La sentencia.
Con el confeti cayendo y Seattle celebrando, Witherspoon soltó una frase que resume el alma de este equipo:
“Nos hicimos una promesa: vamos a ser capaces de lograrlo. Y lo hicimos”.
Seattle vuelve a la cima. No con las voces del pasado, sino con el rugido fresco de una nueva generación.






