Entre la ley y la conciencia: el rumbo migratorio de Tennessee

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Foto cortesía: TIRRC Votes: Comunidad de Nashville. Cámara de representantes de Tennessee

La escena lo decía todo. Una sala llena. Voces elevadas. Canciones de apoyo. Personas expulsadas por interrumpir. Y en el centro del debate, dos proyectos de ley que podrían redefinir la relación de Tennessee con su población inmigrante.

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No es un tema menor. Es un asunto que toca nervios, bolsillos y conciencias.

Esta semana, paneles de la Cámara de Representantes avanzaron dos propuestas que forman parte del paquete republicano “Inmigración 2026”. Una, impulsada por el representante Johnny Garrett, busca reducir fondos estatales a gobiernos locales que no participen en el programa 287(g) de ICE. La otra, presentada por la representante Elaine Davis, exigiría reportes detallados sobre inmigrantes sin documentación legal, incluyendo un registro del estatus migratorio en escuelas públicas.

Los promotores dicen que se trata de orden. De cumplimiento de la ley. De responsabilidad fiscal.

“Somos una nación de leyes”, afirmó Davis. Y es cierto. Sin ley no hay estructura. Sin reglas, no hay Estado.

Pero también es cierto que las leyes no existen en el vacío. Tienen consecuencias reales en vidas reales.

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El representante Jesse Chism lanzó una advertencia que no puede ignorarse: “Mi temor es que la gente muera por miedo a ir al hospital”. Puede sonar dramático. Pero el miedo es un factor poderoso. Cuando una madre teme llevar a su hijo a una clínica por temor a ser reportada, algo se rompe en el tejido social.

Y luego están los números.

Se ha dicho que los inmigrantes indocumentados cometieron la mitad de los delitos en Tennessee el año pasado. Sin embargo, los propios datos estatales muestran que estuvieron vinculados aproximadamente al 5% de los delitos violentos. Más de 9,200 de los casos reportados fueron infracciones de tránsito. Las cifras importan. Porque cuando se exageran, se alimenta el miedo, no la verdad.

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El estado tiene derecho a debatir cómo manejar la inmigración. Eso no está en discusión. Pero el debate debe ser honesto. Basado en hechos. No en percepciones infladas.

También hay un punto legal delicado. Obligar a escuelas públicas a registrar el estatus migratorio podría entrar en conflicto con precedentes de la Corte Suprema como Plyler v. Doe, que protege el acceso a la educación sin discriminación por estatus migratorio. Y si existe el riesgo de perder 1,100 millones de dólares en fondos federales, la pregunta es inevitable: ¿vale la pena?

Más allá de la política, este es un debate moral.

Chism recordó que en la historia de Estados Unidos hubo leyes que hoy avergüenzan al país. Eran legales. Pero no eran justas. Esa reflexión incomoda, pero es necesaria. Porque la legalidad no siempre garantiza humanidad.

Tennessee está en su derecho de exigir cumplimiento de la ley. Pero también debe preguntarse qué mensaje envía cuando condiciona fondos, cuando exige reportes en hospitales, cuando convierte a maestros y funcionarios en piezas de un engranaje de vigilancia.

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La seguridad pública importa. La responsabilidad fiscal importa. Pero también importa la dignidad humana.

El desafío no es elegir entre ley o compasión. El verdadero reto es equilibrarlas.

El debate apenas comienza. Y Tennessee, como estado, debe mirarse al espejo y decidir qué tipo de comunidad quiere ser: una guiada únicamente por el castigo o una que, sin renunciar a la ley, recuerde que detrás de cada estadística hay un rostro, una familia y una historia.

Porque al final, la grandeza de una nación no se mide solo por la firmeza de sus leyes, sino por la humanidad con la que las aplica.