Tennessee vuelve a tensar la cuerda.
Y, como casi siempre, la inmigración está en el centro del jalón.
Esta semana, los republicanos del estado presentaron su agenda “Inmigración 2026”, un paquete de leyes que promete mano dura: verificación obligatoria de estatus legal para beneficios públicos, licencias de conducir, licencias profesionales, empleos gubernamentales y hasta el registro de vehículos. A eso se suma cooperación forzada con ICE, castigos a gobiernos locales que no obedezcan y la criminalización de la entrada y reingreso ilegal como delito estatal.
El mensaje político es claro. No hay matices. No hay zonas grises.
O tienes papeles, o no tienes acceso.
Desde el Capitolio dicen que se trata de proteger a los contribuyentes, cerrar lagunas legales y garantizar que los recursos del estado se queden “en casa”. Suena ordenado. Suena firme. Suena, para muchos votantes, necesario. Pero fuera de las paredes del poder, en los barrios, en las iglesias, en las escuelas y en los lugares de trabajo, la realidad suena distinta.
Porque estas leyes no se discuten en abstracto. Tienen rostro.
Tienen nombre.
Tienen miedo.
Cuando el estado amenaza con retirar fondos a ciudades que no cooperen con ICE, no castiga a políticos; castiga servicios. Cuando exige verificación migratoria para licencias o beneficios, no solo revisa documentos; empuja a miles a la sombra. Y cuando convierte la inmigración en delito estatal, el mensaje no es de orden, es de advertencia.
Los republicanos insisten en que apoyan la inmigración legal. Nadie lo duda. Pero la pregunta incómoda sigue ahí: ¿qué pasa con las familias mixtas?, ¿con los niños en las escuelas?, ¿con los trabajadores que sostienen industrias enteras y que ahora tendrán más razones para no denunciar abusos, accidentes o delitos?
Del otro lado, los demócratas dicen algo que tampoco se puede ignorar. En comunidades rurales y urbanas, la gente habla más del precio del supermercado que de la frontera. Más del seguro médico que del estatus migratorio. Más de la renta impagable que de ICE. Y aun así, una vez más, la inmigración se convierte en el tema central del año legislativo.
No es casualidad. Es política.
Y es año electoral.
Y hay que decirlo claro: el sistema migratorio está roto, sí. Pero gobernar a base de castigo y miedo no lo arregla. Solo profundiza divisiones, paraliza comunidades y desvía la atención de problemas que afectan a todos, con o sin papeles.
Tennessee tiene derecho a debatir sus leyes.
Pero también tiene la responsabilidad de preguntarse a quién sirven realmente y a quién dejan atrás.
Porque al final, cuando se apagan las cámaras y se cierran los micrófonos, no es el Capitolio el que vive con las consecuencias.
Es la comunidad.
Y esa comunidad, hoy más que nunca, está escuchando… y esperando.






